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Tuesday, January 20, 2026

Usted está en Cuba patria socialista, tierra de Fidel

 

Usted está en Cuba patria socialista, tierra de Fidel 

 

Fui testigo de veladas despóticas con criminales libando licores milenarios

y fumando tabacos de cien dólares, pero que no les costaron nada, mientras comían

carnes prohibidas,

mientras en Angola, cobardes y valientes morían protegiendo los diamantes

que pagaban

las fiestas.

Vi a los convidados arrastrar palabras livianas bañadas en alcohol y pies edematosos

por las negras calles tranquilas de terror, buscando sus carros,

iluminados por intermitentes luces rojas

de discretos semáforos, los vi alejarse en vehículos de chapas verdes, azules y amarillas

 con la ansiedad de un niño de seis meses separado

de los brazos maternos,

los vi alejarse ahítos, pero con miedo al qué dirán, con miedo real,

con miedo anestesiado por las drogas y el tiempo

con miedo

a pesar

de las estrellas pesando en los hombros con el brillo de un horizonte de sucesos.

Los vi aplaudir a trovadores obligatorios desde sillas rectas y duras mientras en familia

bailaban ritmos subversivos y burgueses, mientras desde mullidos colchones se burlaban

del arte de la miseria y el hambre,

del arte de sus orígenes,

porque a nadie le gusta

y aunque la idea es superarles, la estrategia es nutrirles.

 

Sus hijos llevaban en los ojos el brillo que le faltaba a los ojos de los padres,

ignorantes del pasado, embriagados con la nueva condición,

pero con los mismos falos de ébano entre las nalgas rosadas,

ablandando las fétidas entrañas verde olivo.

Vi también microorganismos fraccionados hibernando bacanales fósiles

y rumiando un “si hubiera” sobre nostálgicos álbumes, aquellos que no se suicidaron.

 

(Y mientras la ciudad se derrumbaba literalmente, la corte seguía cantando,

engullendo bistecs y pasteles sin darle cake a la plebe).

 

Catárticos amargos endulzados con azúcar "expropiada", malhechores con las llaves de la

cárcel, indios resentidos sin levitas demandando justicia irregular.

Cambiaron el concreto romano por el barro andino, la Coca Cola por vodka pirata

y la oferta por la cuota insurrecta.

Se vieron las piedras sangrar sin justificación ni sentido mientras desfilaban

buenos y malos hacia el absurdo colectivo o el océano absurdo y la duda boreal.

Se vio a los esbirros marchar en las mañanas apuntalando cimientos de humo, lamentarse

en las tardes de calor y mosquitos, derrumbar edificios para construir chozas y delatar

hambre y ansias con miedo a su propia exposición anónima.

Miramar viajando en paco rosa hasta que la peste a petróleo del puerto llegó mezclada

con la nube blanca de la fumigación y la resaca se aliviaba con otra juma, La Corbata

ahogándose en chispa de tren y dengue mientras Punto Cero, abstemio,

se limitaba a pagar las benzos, los pacos y los meprobamatos y gastar el dinero de la carne

 y la ropa en uniformes y balas para las turbas extranjeras y la propaganda de aspirina

y bata blanca mercenaria.

 

Las miradas vidriosas se cruzaban en el vapor diario y a veces hasta se mordían,

las barrigas vacías gruñían su desesperación a la vecina, pero no al Cedeerre omnipresente,

omnisciente.

 

(Y mientras la ciudad se desmorona y con ella su gente, la corte sigue

cantando, comiendo y tomando)

 

Se amontonan los años como se amontona la basura y se amontonan los derrumbes,

como se aglomera la incertidumbre y el miedo y se escapan los sueños,

se amontonan los años como si el tiempo fuera duplicable, sobornable y sumiso,

como si el purgatorio se hubiese hecho terrenal y mundano

y el paraíso se construyera en un verano.

 

Ahora se alejan por calles grises, agujereadas y baldadas de terror,

sin ser interpelados pasan meneando levemente sus nalgas rosadas,

aún con estrellas cada vez más rojas, más enanas, en sus carros con chapas blancas

pasan sigilosos bajo semáforos ciegos, que hace mucho se apagaron.

 

(La ciudad se ha derrumbado y siguen cantando)

Usted está en Cuba patria socialista, tierra de Fidel 

 

MVA, octubre 2025

Monday, February 1, 2021

¡Décimo Aniversario de La Segunda Rueda!

¡Hoy La Segunda Rueda cumple 10 años! 
Ha sido y es una hermosa aventura. 
Este fue el primer video de nuestra primera publicación, 



"El fin del mundo"

Estamos aquí, justo en el fin del mundo, el universo gira alrededor del sol, en cada galaxia se preguntan: ¿estamos solos?, en cada galaxia se inventa una máquina, se avanza un paso para llegar a de donde nos queremos ir, a donde no sabemos que estamos, al Sol, al Centro, al Comienzo y el Fin.

Wednesday, August 19, 2020

Salud, Paz y Amor

Resplandecer en La Luz

                                                                                                                   
                                                                                                                           ,Siempre



Caer azulmente en el espacio
donde instintos cultivados te rodean
durante una tranquila
nevada veraniega
me mantiene el sueño de madera
herguido en medio de la plaza
Un corto vuelo emplomado
se aproxima
una flor líquida
de un palpitar rojo
nos abre la boca y nos cierra los ojos
y volveremos

MVA©


Wednesday, July 10, 2019

"Un breve momento y una larga noche" (Segunda Parte)






Esperamos que hayan disfrutado esta serie de tres videos. Este libro y otros del autor Manuel Villaverde, están disponibles en Amazon y en la Librería "Impacto", 7151 SW 8th St, Miami, FL 33144.  Gracias.

Wednesday, December 19, 2018

"Una mañana como todas" (Cuarta entrega)





                                                                      IV

- Hola Paolo -saludó Laura con voz nasal.
- Hola Laura. Nos vemos en el almuerzo - Paolo no se dio cuenta de la gripe que aquejaba a la mujer.

 A ella no le gustó el tono de la respuesta a un nivel subconsciente y la pasó por alto, quedando solamente una indescifrable e incómoda sensación de rechazo que se fue diluyendo con la secreción que le quemaba las fosas nasales y la garganta.

 Sobre media mañana los medicamentos comenzaron a hacer efecto, Laura se sintió mejor y empezó a pensar en el fin de semana por delante. Seguro Paolo se quedaría con ella, tenía ganas de calmar sus ansiedades, de tranquilizar sus deseos e insatisfacciones y con Paolo había descubierto que el sexo era una buena manera de lograrlo, al menos por un rato. Esperaba con ansia el tiempo con Paolo, como una niña que descubre por primera vez los placeres de frotarse contra el oso de peluche y se esconde, con mirada pícara, de sus mayores para procurar ese momento deseado de intimar con el juguete. Con la clara y alegre inocencia de quien hace algo natural pero sabiendo que le pueden castigar, porque los adultos tienen una mente torcida que anula recuerdos y suprime prioridades, convirtiendo las cosas naturales e importantes, esas que agrandan el corazón y estiran la sonrisa, en mínimas represiones perdidas en un empolvado rincón del alma. Sintió su vulva dilatarse y la vagina humedecerse, tenía ganas de tocarse el clítoris y sentirse penetrada y apretó las piernas una contra la otra mientras las movía rítmicamente, arriba y abajo, adentro y afuera, sentada frente a la computadora que proyectaba una tabla que por segundos perdía todo su sentido.

 Laura se levantó y se dirigió hacia el cubículo de Paolo, le tocó el hombro izquierdo levemente y deslizó su mano por la espalda hasta el hombro derecho. Paolo la miró desde su asiento y ella le indicó sutilmente con la cabeza que la siguiera.

 Seguida con disimulo por Paolo se encaminó a un amplio closet que servía para almacenar suplementos de oficina, una fotocopiadora y un refrigerador. Algunos empleados estaban en sus cubículos concentrados en cifras y otros atendiendo clientes en la carpeta de la entrada que quedaba justo frente a los pequeños espacios, dando la impresión de un lugar más amplio y claro. Se encontraban absortos con el trabajo.

 Entró al closet, detrás entró Paolo, cerró la puerta y besó al rígido hombre en la boca con las ganas de un marino que acaba de circunnavegar el globo. Paolo respondió finalmente al beso y a las caricias, deslizó su mano por el pubis lampiño de la mujer, palpó la dulce humedad en los suaves, depilados y turgentes labios mayores de Laura. Le quitó la breve ropa interior en una caricia y levantando la falda le besó los genitales, buscó la ambrosía y presionó con su lengua el mágico, pequeño y único pistilo de la rosada orquídea que se le abría delante. Volvió a la boca de Laura erecto y de pie la penetró suavemente, los firmes senos de la mujer lo rozaban, los pezones estaban erizados y le hacían cosquillas, aumentó rítmicamente la velocidad, la carnosa vagina apretaba espasmódica, se miraban fijamente aunque cada uno pensaba en cosas distintas, ella se imaginaba que otro hombre le besaba el cuello desde atrás mientras Paolo la poseía, él recordaba a José en la mañana. Laura sintió la esperma caliente llenándola y Paolo sintió remordimiento.

 - Tengo algo que decirte - dijo Paolo mirando el piso mientras se acomodaban la ropa. La indescifrable e incómoda sensación de rechazo regresó a la mujer.
- ¿Qué pasa? - Un ruido de afuera chocó contra la densa tención que los envolvía. No escucharon a Pandemio gritando desaforado mientras empuñaba amenazante el AK y la pistola, pidiendo que abrieran las cajas fuertes y vaciaran sus bolsillos.
- Estoy cogido, me enteré ayer… dijo Paolo en un susurro.
- ¿Qué quieres decir? - el corazón de Laura comenzó a latir más rápido y la sangre se acumulaba en sus orejas y detrás de sus ojos.
- Que tengo el SIDA - respondió impreciso Paolo pues todavía era portador.
- ¡¿Qué?!
- No lo sabía, no me lo imaginaba, perdóname… - Laura empujó al hombre. Comenzó a llorar mirándole fijamente. No quería que el pensamiento la inundara pero no podía evitarlo. Agarró una presilladora que estaba sobre la fotocopiadora y se la estrelló contra la cara a Paolo que casi no pudo ni quiso esquivarla y le lastimó la sien.
- ¡Vete de mi vista maricón! - Paolo abrió la puerta en el mismo momento en que un ensordecedor y machacante ruido, producido por los disparos del fusil de Pandemio comenzaba a inundar el lugar y un rafagazo lo alcanzaba en el pecho cayendo de espaldas contra la pared y rodando lentamente, dejando un triple rastro de sangre en su trayecto descendente frente a los azorados ojos de Laura.

 Laura se escondió detrás de los papeles y el refrigerador mientras afuera se apagaban gritos de dolor y seguía el intermitente martilleo del fusil disparando y el repiqueteo de las balas rebotando contra las paredes y hundiéndose en la carne de empleados y clientes. Ya la única voz que se escuchaba era la de Pandemio que gritaba desaforadamente.

 Laura se sentó en el suelo temblando, se abrazó las rodillas mientras se tragaba los sollozos y comenzó a mecerse silenciosamente tratando infructuosamente de calmarse, le temblaban hasta los pensamientos. Sintió la verdadera presencia de la muerte a su lado. Se debatía entre permanecer quieta y quizás escapar de la matanza o salir a buscar una bala curativa.

Miami, octubre 2012
Manuel Villaverde Añé

Wednesday, December 12, 2018

"Una mañana como todas" (Tercera entrega)






                                                                        III

 Cuando Paolo abrió los ojos se movió con cuidado para no despertar a José que dormía desnudo dándole la espalda. Alcanzó el teléfono y apagó la alarma antes que sonara, buscó en la mesa de noche con cuidado de no hacer ruido un condón que colocó en su erección matutina de rigor, se colocó el preservativo y le puso lubricante, con cuidado besó la oreja de José despertándole suavemente y esparciéndole lubricante entre las nalgas. Le continuó besando con delicadeza mientras le hundía la erección con dolorosa ternura.

 Salió del baño y José ya tenía listo el café.

- Voy a decirle hoy de lo nuestro - le dijo Paolo refiriéndose a Laura.
- ¿También le dirás que "estamos cogidos"? - preguntó incrédulo José.
- Creo que sí, eso primero ¿Tengo alguna opción?
- Desaparecer…
- Eso quisiera.
- ¿Tienes algún plan?
- Mantenerme vivo.
- Creo que no te veré por un tiempo.
- Lo sé.

 Terminaron el café, se vistieron y se despidieron en la puerta con un abrazo.

 La entrada al Downtown estaba imposible como de costumbre. Todavía tenía que buscar la Coral Way para llegar a la oficina. Solía salir con varios minutos de antelación para poder llegar rayando con la hora de entrada pues las carreteras de Miami siguen siendo las mismas a pesar de que constantemente las remodelan y construyen nuevas. No, de hecho, las carreteras de Miami son cada vez menos por culpa de todos los puntos de peaje que se reproducen como conejos. Tan sólo en el camino local por el que había venido había pagado más de 2 peajes, o "toles" como les dicen en espanglish, con menos de 10 millas de separación entre éstos y sin siquiera estar en las fronteras de ciudades, pertenecer a carreteras nuevas o fuera del sistema interestatal ni nada por el estilo.

 El caso es que llegaría tarde y no importaba pues probablemente sería uno de sus último días de trabajo. Paolo planeaba vender la casa en los suburbios, seguir alquilando un apartamento que tenía en la playa, apartamento que compró con la ayuda de un antiguo y acaudalado amigo con derechos, y retirarse a una casita que había heredado de su familia en Italia. Haciendo uso de sus ahorros y sus amigos con cuidado, la vida, el tratamiento y los hospitales no le costarían mucho dinero en Europa y podría vivir tranquilamente con un trabajito simple y de pocas horas a la semana mientras la salud se lo permitiera.

 No se sentía bien. Era portador del Virus de la Inmunodeficiencia Humana y con seguridad había contagiado a Laura y Dios sabe a quién más. No estaba claro si José lo había contagiado a él o viceversa, tampoco estaba seguro por momentos si Laura era la fuente primaria de contagio, ahora no le molestaba mucho, ahora le estaba pidiendo cuentas a Dios y tratando de convencerle de que podía darle una pierna o un brazo a cambio de la cura o quizás donar todas sus propiedades y ahorros para los niños huérfanos por causa de la guerra, todavía no se creía el diagnóstico completamente.

 No se daba o no se quería dar cuenta de que Dios podía hacer uso de su brazo, su pierna e incluso de él entero a Su antojo, al igual que de su salud, y cambiar la suerte de cualquiera en cualquier momento y que sin embargo así no funcionaba la cosa, la función era otra, el objetivo era más simple, más elevado. Dios no hacía mierdas y Paolo lo sabía, tampoco se andaba con tonterías y los virus y las enfermedades son parte del plan, son parte del camino no son el producto, tan sólo son herramientas y acertijos al igual que uno mismo, que todos. Poner en orden el rompecabezas que cambia constantemente, entender que el universo en su pluralidad es singular y la vida es equivalente a la muerte, al igual que la salud no es lo contrario de la enfermedad. Entender que todo es el fluido eterno para mantener el balance perfecto de un mundo que no se puede explicar porque no tiene sentido pero es todo lo que hay y es bueno estar vivo.

 El tráfico avanzaba lentamente y el sol brillaba como si fuese mediodía, por fin estaba en la congestionada pero fresca avenida de Coral Way.

Wednesday, December 5, 2018

"Una mañana como todas" (Segunda entrega)







                                                                       II

 Pandemio no podía entender por qué no tenía lo que se merecía. Vivía en un sucio apartamento de Overtown, un área gris y gastada de la ciudad, otro centro excéntrico. Manejaba un viejo y ruidoso carrito, poco dinero iba y venía y el crac ya no era suficiente para calmar la ansiedad de no entender, de no poder, y la morfina se le hacía difícil la mayoría de las veces pero eso al vicio no le importaba, el vicio seguía creciendo.

 Su "madre" de acogida temporal y que terminó convirtiéndose en permanente, nunca supo pronunciar su nombre. De sus hermanos de crianza sólo supo de Steeler cuando vio su foto en el periódico entre los fugitivos buscados por la policía. Su frustración había pasado a la siguiente fase, la fase sin retorno. Su ambición de poder y fortuna había crecido exponencialmente y pareja con la magnitud de su fracaso. Se sentía acorralado. Un ratón de laboratorio en un laberinto movible, a merced del deseo de un científico loco y sin fondos para un experimento inútil pero decidido a llevarlo hasta el fin sin escrúpulos y con las peores herramientas.

 Cuando Pandemio no estaba drogado, robando o traficando, se dedicaba a pintar con espray sobre viejas telas, cartulinas o las paredes del apartamento figuras deformes, pétalos sin tallos, caras sin ojos, formas geométricas imprecisas, desmesuradas manos con puñales o granadas, todo mezclado en una esquizofrénica e inarmónica explosión de colores. En las calles se limitaba a dibujar líneas negras, caligráficas, que querían decir mucho, hablar de miedos y rebeldías pero en realidad eran tan sólo manchas sucias y desagradables, que asemejaban letras de un idioma extraño en las paredes de una ciudad semejante. Líneas que nadie entendía, sólo él. Estaba convencido que el mundo se perdía su genialidad, que no lo habían descubierto porque solamente descubren a los maricas o a los hijos sin talento de ricos banqueros. El mundo estaba en su contra y tenía que ser fuerte pero se estaba cansando y ya las válvulas de escape no estaban siendo suficientes.

 Terminó de fumar de su cachimba de vidrio sucio y quemado, buscó debajo de una pila de ropa sucia algunas jeringuillas con restos de droga y los curvos peines de su fusil de asalto con culata plegable AKMS, única propiedad de valor que tenía por si acaso alguien pretendía violar su cubil, para los "trabajitos" usaba una pistola Browning 9 mm un poco sucia y en malas condiciones, pero eso las aterrorizadas víctimas no lo sabían.

 Estaba decidido, hoy cambiaría su suerte. Acomodó la pistola en la cintura, el fusil plegado en su chaqueta debajo de la axila izquierda, los cargadores en la mochila y subió a su carrito.

                                                                                     


Wednesday, November 28, 2018

"Una mañana como todas" (Primera entrega)


                                                                                       


                                                                  I

 Era una mañana como todas, nublada o clara daba lo mismo, a Laura no le interesaba. Se sentía mal. Le corría la nariz y le dolían los huesos, la cabeza le parecía llena de plomo y le ardía la cara. Se sentía morir. Cada año sufría una gripe y se le olvidaba al siguiente y todo parecía nuevo cuando volvía a enfermarse y la nueva gripe parecía la peor que había sufrido jamás, la que nunca había tenido, aunque era igual que la del año anterior pero ella no la recordaba. Lo único viejo y constante era el aburrimiento… y las deudas.  

 Los ciclos son así, nos sorprenden una y otra vez. Todos los años llueve y el viento desnuda los árboles, todos los años hace calor y zumban los insectos pero nos parece que el último siempre es el más extremo, el verano más caliente o el huracán más bravo. Todos los años nos enfermamos y estamos convencidos de que nunca antes nos habíamos sentidos tan mal como esa última vez.
 Los ciclos son así, todo se repite monótonamente sin darnos cuenta pero nuestra egocéntrica mente no alcanza a comprender que no es nuestro destino sino el destino del universo, y Laura tampoco lo entendía ni le importaba entenderlo.

 Se levantó de mala gana. Generalmente los viernes son felices a pesar de la semana entera aplastando desconsiderada la voluntad. Pero este viernes no era bueno, Laura se sentía mal y tenía que ir a la oficina, una elegante sucursal de una poderosa compañía local acogida a la "distinguida" bancarrota en la sombreada y bipolar avenida de Coral Way, en uno de los tantos centros de Miami si es que tiene alguno.

 Se sirvió lo que quedaba de leche, le diluyó café instantáneo y calentó la mezcla en el horno de microondas mientras buscaba en el cajón de la meseta una pastilla que la ayudara con el día. Pensó que quería ver a Paolo y a la vez no quería. Paolo ya la tenía un poco cansada, sabía que se entendía con alguien más, siempre lo había sabido pero no tenía ni la más mínima idea de quién era ni cómo se llamaba ni quería que le interesara aunque se moría por saberlo. El mismo Paolo se lo había comentado cuando al principio de conocerse en la oficina las cosas entre ellos habían avanzado a una relación más húmeda.

 En su soledad pensó que podría convencerlo, hacerlo cambiar, envolverlo y hacerlo suyo y tener una vida normal con un esposo tranquilo metido en la casa proveyendo alimento, techo y compañía, un esposo a quien le pagaría de vez en cuando con su preciado sexo. El problema de la fórmula era que su sexo no era tan único y que nadie cambia, pero eso Laura tampoco lo sabía y ya eran dos años de revolcones esporádicos y fines de semana alternos, con trasnochadas, fiestas y borracheras pero ningún compromiso, ningún avance hacia la tranquilidad hogareña.

 Terminó de vestirse con un juego gris de saya y chaqueta, agarró la cartera y su sonoro manojo de llaves con dijes y talismanes de religiones diversas  y se fue.


Friday, November 16, 2018

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Wednesday, November 14, 2018

"Una mañana como todas"


"Una mañana como todas" es un cuento corto de Manuel Villaverde Añé escrito en 2012. 

Lo publicaremos aquí semanalmente en cuatro entregas empezando el 28 de noviembre y esperamos disfruten su lectura.

Otros cuentos del mismo autor pueden disfrutarlos "pinchando" aquí: "CUENTOS FANTÁSTICOS".

Tuesday, October 30, 2018

Esperanza




Esperanza me llevas más allá del dolor
más allá de la tristeza porque sé
que harás que un día desaparezcan
Esperanza, cuando el humo nubla mi mundo
y mis brazos caen con el peso cotidiano
haces que respire profundo y levante el fardo
que ya no parece tan pesado
Esperanza, le has dado alas al gusano
y a los ojos luz y música al sentimiento
Estoy tan aburrido
la vida se torna la misma rutina
una y otra vez la fiesta es guerra
la fiesta es trabajo y el trabajo muerte
Estoy tan aburrido que ni terminar
este empujón puedo
Escucho dos anormales cantando canciones de amor
y me deprime que el mundo sea lo que es
me deprime la estupidez y el conformismo
cuando podíamos tener el sol colgado del techo
cuando he volado solo al fin del universo
y estoy de regreso y nadie lo sabe
y a nadie le importa
y a mí mismo se me olvida
que tuve el universo entre mis manos
y me cansé
pero tú, todavía estás ahí
esperando tranquila escucharme
pronunciar tu nombre
Esperanza

Thursday, August 2, 2018

"EL VACÍO INMENSO"

"El vacío inmenso", novela de Manuel Villaverde Añé.

Puede comprarla pinchando aquí: EL VACÍO INMENSO



Opiniones de lectores:

Kindle Customer:
Si difícil es explicar la historia, más difícil es
sintetizarla sin perder detalles.
March 2, 2015
Format: Kindle Edition|Verified Purchase

Saturday, July 28, 2018

"Un breve momento y una larga noche", Cuento de Manuel Villaverde Añé

A modo de introducción.

"Un breve momento y una larga noche" es un cuento de Manuel Villaverde Añé. El cuento fue finalista en el concurso de literatura erótica "Los cuerpos del deseo" y publicado por los auspiciadores de dicho concurso en un libro con el mismo nombre del concurso, que recopilaba los mejores cuentos seleccionados por el jurado entre más de 500 autores de todo el mundo de habla hispana.

Reproducimos a continuación la opinión del lector Manuel Gayol Mecías: 

"Me compré el libro Los cuerpos del deseo y lo leí de un tirón. Muchos cuentos me gustaron, unos más que otros, claro, pero creo que el libro está muy bien balanceado. El erotismo que se desenvuelve en casi todos los cuentos no es vulgar, sino más bien sorprendente y además de gran sentido literario, porque en casi todos hay algo nuevo que se proyecta, y se propone con un gran dominio de la palabra, de las imágenes, su intensidad en las acciones de las tramas y sus desenlaces hasta dramáticos. Asimismo me parece importante la gama de autores jóvenes hispanoamericanos que han sido finalistas de un concurso que ha de haberse hecho con rigor. Los tres premios los encontré realmente excelentes, y las menciones son buenos relatos. Es un justo regalo para alguien que tenga mente abierta, que le guste disfrutar el sexo en una dimensión artística. Lo que me preocupa --desde una perspectiva cultural-- es que un libro como este no cuente con una gran publicidad, para que mucha gente conozca el sentido pleno del erotismo."

Sin más el cuento. ¡Disfrútenlo!

Un breve momento y una larga noche.

 Volvió a su casa después de haber probado el agridulce sabor de la noche de Miami. 

 Fue a un restaurante peruano, la rústica construcción de piedra con travesaños de madera oscura le hacía sentirse en ambiente y el ceviche estaba de moda. En una vida tan segura y tranquila hay que buscar la aventura, el riesgo a como dé lugar y comer pescado crudo con zumo de limón, sal, pimienta y ajo, es un riesgo alto para un país obsesivo compulsivo, por eso el sushi y las películas de acción también son populares. En Perú el ceviche se come de día y con cerveza o pisco sour, pero no en Miami, en Miami se come a cualquier hora y con mojito, también cerveza. Terminó su plato, pagó y dejó una generosa propina, era su manera de hacer caridad, prefería dejarle el dinero a quien le servía y no a quien desconocía aunque se muriese de cáncer, igual se consideraba piadoso. 

 Manejó hacia una abierta y ruidosa cafetería cubana para saborear el cortadito con la leche evaporada de rigor y terminó en un lounge con música "house" y sorbiendo un vodka con jugo de arándanos. Le gustaba Miami, podía viajar de un país a otro sin necesidad de sufrir aduanas pero al final, no lo sabía ni lo hubiese aceptado aunque se lo hubiesen dicho, no había salido de un viejo y aburrido balneario. 

 La soledad se iba convirtiendo en una pesada rutina soportable, sin embargo no dejaba de pincharle el costado como si fuese un buey del que dependía que la carreta de ansiedades que tanto le pesaba llegase a su inexistente destino. No obstante eso, se sentía un tiburón en su Caribe, un león en su sabana, el dinero entraba sin tener que invertir mucho esfuerzo y una legión de ignorantes hacía lo que tenía que hacer para que el mundo fuese cada vez más cómodo y de todas maneras la constante presencia de alguien a su lado podía ser un fardo muy pesado, más pesado que la soledad, así que la compañía temporal seguía siendo su mejor opción.

 La barra estaba llena de aspirantes. Brillaba húmeda y cristalina. Sonreían, libaban, conversaban por debajo del repetitivo sonido de la autística música. Todos eran unos desaforados aspirantes, se medía con ellos y sin base clara pero rotunda y suficiente, siempre salía ganando. Paneaba el local con aquilinos ojos. 

 Una rubia muy nórdica pero de anchas caderas y senos firmes, sin una gota de colágeno, con ropa cara y escasa, se le acercó. Su rostro ario era traicionado por unos gruesos labios rojos, pelo rizo y unas curvas más congolesas que germánicas. Le miró fijo a los ojos, como nadie se atreve a mirar en este pueblo, levantó su transparente copa de cóctel que hacía juego con sus iris azules, hasta justo el nivel de sus párpados inferiores, sonrió mientras la bajaba nuevamente y cambió la vista. Dejó la copa sobre la barra y se dirigió a los baños. Él la siguió. 

 El vestido elástico dejaba ver sus nalgas como si caminase desnuda. Se movían suavemente, como las gigantes olas tranquilas de mar afuera, el pelo chorreaba como agua en cascada, le pareció que era capaz de verlo crecer en ese mismo momento. El vodka estaba bueno, se lo bebió de un trago y dejó el vaso vacío en una mesa cualquiera, con disimulo aspiró un poco de cocaína y continuó acercándose a ella, que al llegar a la entrada del baño para damas se volvió, le miró fijamente y no fingió sorpresa:

- ¿Vienes? -Dejó que la palabra se deslizara por su boca como si la palabra fuese acariciable, besable. Sintió que esos labios que habían presionado con tanta suavidad la palabra para que se convirtiera en manipuladora caricia, le hacían lo mismo en su miembro que ya empezaba a despertar impaciente entre sus piernas.

 No dijo nada, tan sólo avanzaba el espacio que le era permitido.

 Se metieron en uno de los cubículos reservados para  los inodoros. Corrieron la plateada y elemental cerradura. Se besaron como si se conocieran de siempre, casi podían sentir los golpes del pulso en la punta de las lenguas mientras se acariciaban sin mucha saliva, quería guardarla para lubricar la prematura penetración que se venía con certeza. Deslizó suavemente la mano por la delicada y redonda cadera subiendo el vestido al mismo tiempo, la clara piel era lampiña pero estaba erizada, temblaba más rápido que las alas de un colibrí. Sus dedos buscaron en la entrepiernas caliente y húmeda, no necesitaría la baba y no había ropa interior. 

 Sintió una suave y experimentada caricia en su pene, en sus testículos, ya tenía los pantalones y el calzoncillo por las rodillas y no se había enterado de cómo habían llegado allí. La rubia bajó rápida, no necesitó pedirle nada. No le defraudaron esos carnosos e incitantes labios que habían sabido despertar el deseo con tan sólo pronunciar una palabra. Le apretaban suavemente el turgente glande mientras la lengua le hacía cosquillas por abajo, la sentía llegar desde la punta hasta la base y regresar, la excitación era mucha, comenzó a lubricar como quinceañera, ella supo que era el momento de parar, subió, le agarró suavemente por los pelos mientras presionaba levemente hacia el mediodía de su femenina anatomía. 

 Sintió el olor de las ganas, el perfume de la verdad y la mentira, del comienzo y el fin, la esencia del universo. Los suaves y meticulosamente cortados vellos del rubio pubis le rozaron la cara, su lengua buscó ansiosa la delicada y mágica protuberancia, sus labios fueron absorbidos en un cálido abrazo por otros labios mayores y menores, hinchados, reales, vivos… succionó la carne… sintió como de la vagina salía un líquido con olor a almidón, pegajoso, áspero, quemante, que le llenaba la boca, le irritaba la garganta, que se le secó en la piel de la cara sin habérsela mojado, tenía el sabor de la pólvora, del enemigo, el sabor de una mordida y un puñetazo y en ese mismo momento eyaculó en un mínimo, imperceptible espasmo de algo que debió ser placer y fue nada, mientras perdía completamente la erección y del estómago le venía una agria y seca arqueada.

 Se separó tosiendo, cayó contra la puerta que no le soportó y se abrió completamente dejándole dar a todo lo largo contra el piso del baño. Miró desorientado, herido, asqueado, sin querer preguntar, sin querer saber pero sabiendo, a la rubia lasciva y voluptuosa que sonreía provocadora con las piernas abiertas y la mirada enajenada, mientras se frotaba el clítoris y los labios todos con el semen ajeno y fresco que todavía brotaba de sus entrañas y la saliva suya. Ella se retorcía de gozo, recostada contra el tanque del inodoro y la pared, en un ordinario pero placentero orgasmo. Él sintió nauseas y vomitó. 

 Corrió llorando de impotencia y susto, no entendía nada.

 Pensó que lo sabía todo, que lo podía todo por haber conseguido una compañía de un moralmente dudoso éxito que le permitía más días de descanso que a la mayoría, donde podía emplear a inmigrantes recién llegados a los que les convencía de que ganar en efectivo y menos dinero de lo que la ley obligaba como pago mínimo era lo mejor para ellos y así no tenían que ganar más en el momento de declarar los impuestos, todo muy enredado pero muy claro. 

 Pensó que era un dios postmoderno depredando en su Olimpo subtropical pero se había equivocado. Era tan sólo un imbécil más con menos escrúpulos. Seguiría sin saberlo y de todas maneras no lo hubiese aceptado aunque se lo hubiesen dicho.

 Se lavó la boca con agua, con vodka, con ron, con su propio orine, pero seguía quemándole, lloraba.
 Nunca más sería el mismo. Alguien tendría que pagar por su estrepitosa caída, no podría olvidar la sonrisa de placer de la rubia que se venía sin importarle que él yaciera herido en el piso, sucio, de un baño público.

 Volvió a su casa después de haber probado el agridulce sabor de la noche de Miami.

 Junio 2012

Friday, June 22, 2018

Una mañana como todas (Segunda entrega)


                                                                                      


                                                                                      III



 Cuando Paolo abrió los ojos se movió con cuidado para no despertar a José que dormía desnudo dándole la espalda. Alcanzó el teléfono y apagó la alarma antes que sonara, buscó en la mesa de noche con cuidado de no hacer ruido un condón que colocó en su erección matutina de rigor, se colocó el preservativo y le puso lubricante, con cuidado besó la oreja de José despertándole suavemente y esparciéndole lubricante entre las nalgas. Le continuó besando con delicadeza mientras le hundía la erección con dolorosa ternura.

 Salió del baño y José ya tenía listo el café.

- Voy a decirle hoy de lo nuestro - le dijo Paolo refiriéndose a Laura.

- ¿También le dirás que "estamos cogidos"? - preguntó incrédulo José.

- Creo que sí, eso primero ¿Tengo alguna opción?

- Desaparecer…

- Eso quisiera.

- ¿Tienes algún plan?

- Mantenerme vivo.

- Creo que no te veré por un tiempo.

- Lo sé.

 Terminaron el café, se vistieron y se despidieron en la puerta con un abrazo.

 La entrada al Downtown estaba imposible como de costumbre. Todavía tenía que buscar la Coral Way para llegar a la oficina. Solía salir con varios minutos de antelación para poder llegar rayando con la hora de entrada pues las carreteras de Miami siguen siendo las mismas a pesar de que constantemente las remodelan y construyen nuevas. No, de hecho, las carreteras de Miami son cada vez menos por culpa de todos los puntos de peaje que se reproducen como conejos. Tan sólo en el camino local por el que había venido había pagado más de 2 peajes, o "toles" como les dicen en espanglish, con menos de 10 millas de separación entre éstos y sin siquiera estar en las fronteras de ciudades, pertenecer a carreteras nuevas o fuera del sistema interestatal ni nada por el estilo.

 El caso es que llegaría tarde y no importaba pues probablemente sería uno de sus último días de trabajo. Paolo planeaba vender la casa en los suburbios, seguir alquilando un apartamento que tenía en la playa, apartamento que compró con la ayuda de un antiguo y acaudalado amigo con derechos, y retirarse a una casita que había heredado de su familia en Italia. Haciendo uso de sus ahorros y sus amigos con cuidado, la vida, el tratamiento y los hospitales no le costarían mucho dinero en Europa y podría vivir tranquilamente con un trabajito simple y de pocas horas a la semana mientras la salud se lo permitiera.

 No se sentía bien. Era portador del Virus de la Inmunodeficiencia Humana y con seguridad había contagiado a Laura y Dios sabe a quién más. No estaba claro si José lo había contagiado a él o viceversa, tampoco estaba seguro por momentos si Laura era la fuente primaria de contagio, ahora no le molestaba mucho, ahora le estaba pidiendo cuentas a Dios y tratando de convencerle de que podía darle una pierna o un brazo a cambio de la cura o quizás donar todas sus propiedades y ahorros para los niños huérfanos por causa de la guerra, todavía no se creía el diagnóstico completamente.

 No se daba o no se quería dar cuenta de que Dios podía hacer uso de su brazo, su pierna e incluso de él entero a Su antojo, al igual que de su salud, y cambiar la suerte de cualquiera en cualquier momento y que sin embargo así no funcionaba la cosa, la función era otra, el objetivo era más simple, más elevado. Dios no hacía mierdas y Paolo lo sabía, tampoco se andaba con tonterías y los virus y las enfermedades son parte del plan, son parte del camino no son el producto, tan sólo son herramientas y acertijos al igual que uno mismo, que todos. Poner en orden el rompecabezas que cambia constantemente, entender que el universo en su pluralidad es singular y la vida es equivalente a la muerte, al igual que la salud no es lo contrario de la enfermedad. Entender que todo es el fluido eterno para mantener el balance perfecto de un mundo que no se puede explicar porque no tiene sentido pero es todo lo que hay y es bueno estar vivo.

 El tráfico avanzaba lentamente y el sol brillaba como si fuese mediodía, por fin estaba en la congestionada pero fresca avenida de Coral Way.

                                                                                    
                                                                                     




                                                                                  IV




- Hola Paolo -saludó Laura con voz nasal.

- Hola Laura. Nos vemos en el almuerzo - Paolo no se dio cuenta de la gripe que aquejaba a la mujer. A ella no le gustó el tono de la respuesta a un nivel subconsciente y la pasó por alto, quedando solamente una indescifrable e incómoda sensación de rechazo que se fue diluyendo con la secreción que le quemaba las fosas nasales y la garganta.

 Sobre media mañana los medicamentos comenzaron a hacer efecto, Laura se sintió mejor y empezó a pensar en el fin de semana por delante. Seguro Paolo se quedaría con ella, tenía ganas de calmar sus ansiedades, de tranquilizar sus deseos e insatisfacciones y con Paolo había descubierto que el sexo era una buena manera de lograrlo, al menos por un rato. Esperaba con ansia el tiempo con Paolo, como una niña que descubre por primera vez los placeres de frotarse contra el oso de peluche y se esconde, con mirada pícara, de sus mayores para procurar ese momento deseado de intimar con el juguete. Con la clara y alegre inocencia de quien hace algo natural pero sabiendo que le pueden castigar, porque los adultos tienen una mente torcida que anula recuerdos y suprime prioridades, convirtiendo las cosas naturales e importantes, esas que agrandan el corazón y estiran la sonrisa, en mínimas represiones perdidas en un empolvado rincón del alma. Sintió su vulva dilatarse y la vagina humedecerse, tenía ganas de tocarse el clítoris y sentirse penetrada y apretó las piernas una contra la otra mientras las movía rítmicamente, arriba y abajo, adentro y afuera, sentada frente a la computadora que proyectaba una tabla que por segundos perdía todo su sentido.

 Laura se levantó y se dirigió hacia el cubículo de Paolo, le tocó el hombro izquierdo levemente y deslizó su mano por la espalda hasta el hombro derecho. Paolo la miró desde su asiento y ella le indicó sutilmente con la cabeza que la siguiera.

 Seguida con disimulo por Paolo se encaminó a un amplio closet que servía para almacenar suplementos de oficina, una fotocopiadora y un refrigerador. Algunos empleados estaban en sus cubículos concentrados en cifras y otros atendiendo clientes en la carpeta de la entrada que quedaba justo frente a los pequeños espacios, dando la impresión de un lugar más amplio y claro. Se encontraban absortos con el trabajo.

 Entró al closet, detrás entró Paolo, cerró la puerta y besó al rígido hombre en la boca con las ganas de un marino que acaba de circunnavegar el globo. Paolo respondió finalmente al beso y a las caricias, deslizó su mano por el pubis lampiño de la mujer, palpó la dulce humedad en los suaves, depilados y turgentes labios mayores de Laura. Le quitó la breve ropa interior en una caricia y levantando la falda le besó los genitales, buscó la ambrosía y presionó con su lengua el mágico, pequeño y único pistilo de la rosada orquídea que se le abría delante. Volvió a la boca de Laura erecto y de pie la penetró suavemente, los firmes senos de la mujer lo rozaban, los pezones estaban erizados y le hacían cosquillas, aumentó rítmicamente la velocidad, la carnosa vagina apretaba espasmódica, se miraban fijamente aunque cada uno pensaba en cosas distintas, ella se imaginaba que otro hombre le besaba el cuello desde atrás mientras Paolo la poseía, él recordaba a José en la mañana. Laura sintió la esperma caliente llenándola y Paolo sintió remordimiento.

 - Tengo algo que decirte - dijo Paolo mirando el piso mientras se acomodaban la ropa. La indescifrable e incómoda sensación de rechazo regresó a la mujer.

- ¿Qué pasa? - Un ruido de afuera chocó contra la densa tención que los envolvía. No escucharon a Pandemio gritando desaforado mientras empuñaba amenazante el fusil de asalto y la pistola, pidiendo que abrieran las cajas fuertes y vaciaran sus bolsillos.

- Estoy cogido, me enteré ayer… dijo Paolo en un susurro.

- ¿Qué quieres decir? - el corazón de Laura comenzó a latir más rápido y la sangre se acumulaba en sus orejas y detrás de sus ojos.

- Que tengo el SIDA - respondió impreciso Paolo pues todavía era portador.

- ¡¿Qué?!

- No lo sabía, no me lo imaginaba, perdóname… - Laura empujó al hombre. Comenzó a llorar mirándole fijamente. No quería que el pensamiento la inundara pero no podía evitarlo. Agarró una presilladora que estaba sobre la fotocopiadora y se la estrelló contra la cara a Paolo que casi no pudo ni quiso esquivarla y le lastimó la sien.

- ¡Vete de mi vista maricón! - Paolo abrió la puerta en el mismo momento en que un ensordecedor y machacante ruido, producido por los disparos del fusil de Pandemio comenzaba a inundar el lugar y un rafagazo lo alcanzaba en el pecho cayendo de espaldas contra la pared y rodando lentamente, dejando un triple rastro de sangre en su trayecto descendente frente a los azorados ojos de Laura.

 Laura se escondió detrás de los papeles y el refrigerador mientras afuera se apagaban gritos de dolor y seguía el intermitente martilleo del fusil disparando y el repiqueteo de las balas rebotando contra las paredes y hundiéndose en la carne de empleados y clientes. Ya la única voz que se escuchaba era la de Pandemio que gritaba desaforadamente.

 Laura se sentó en el suelo temblando, se abrazó las rodillas mientras se tragaba los sollozos y comenzó a mecerse silenciosamente tratando infructuosamente de calmarse, le temblaban hasta los pensamientos. Sintió la verdadera presencia de la muerte a su lado. Se debatía entre permanecer quieta y quizás escapar de la matanza o salir a buscar una bala curativa.



 Miami, Octubre 2012


Manuel Villaverde Añé