Usted está en Cuba patria socialista, tierra de Fidel
Fui testigo de
veladas despóticas con criminales libando licores milenarios
y fumando tabacos
de cien dólares, pero que no les costaron nada, mientras comían
carnes
prohibidas,
mientras en
Angola, cobardes y valientes morían protegiendo los diamantes
que pagaban
las fiestas.
Vi a los
convidados arrastrar palabras livianas bañadas en alcohol y pies edematosos
por las negras calles
tranquilas de terror, buscando sus carros,
iluminados por
intermitentes luces rojas
de discretos
semáforos, los vi alejarse en vehículos de chapas verdes, azules y amarillas
con la ansiedad de un niño de seis meses separado
de los brazos
maternos,
los vi alejarse ahítos,
pero con miedo al qué dirán, con miedo real,
con miedo
anestesiado por las drogas y el tiempo
con miedo
a pesar
de las estrellas
pesando en los hombros con el brillo de un horizonte de sucesos.
Los vi aplaudir a
trovadores obligatorios desde sillas rectas y duras mientras en familia
bailaban ritmos
subversivos y burgueses, mientras desde mullidos colchones se burlaban
del arte de la
miseria y el hambre,
del arte de sus
orígenes,
porque a nadie le
gusta
y aunque la idea
es superarles, la estrategia es nutrirles.
Sus hijos
llevaban en los ojos, el brillo que le faltaba a los ojos de los padres,
ignorantes del
pasado, embriagados con la nueva condición,
pero con los
mismos falos de ébano entre las nalgas rosadas,
ablandando las
fétidas entrañas verde olivo.
Vi también
microorganismos fraccionados hibernando bacanales fósiles
y rumiando “si
hubiera” sobre nostálgicos álbumes, aquellos que no se suicidaron.
(Y mientras la
ciudad se derrumbaba literalmente, la corte seguía cantando,
engullendo
bistecs y pasteles sin darle cake a la plebe).
Catárticos
amargos endulzados con azúcar expropiada, malhechores con las llaves de la
cárcel, indios
resentidos sin levitas demandando justicia irregular.
Cambiaron el
concreto romano por el barro andino, la Coca Cola por vodka pirata
y la oferta por
la cuota insurrecta.
Se vieron las
piedras sangrar sin justificación ni sentido mientras desfilaban
buenos y malos hacia
el océano absurdo o la duda boreal.
Se vio a los
esbirros marchar en las mañanas apuntalando cimientos de humo, lamentarse
en las tardes de
calor y mosquitos, derrumbar edificios para construir chozas y delatar
hambre y ansias
con miedo a su propia exposición anónima.
Miramar viajando en paco rosa hasta que la peste a petróleo del puerto llegó mezclada
con la nube
blanca de la fumigación y la resaca se aliviaba con otra juma, La Corbata
ahogándose en chispa
de tren y dengue mientras Punto Cero, abstemio,
se limitaba a
pagar las benzos, los pacos y los meprobamatos y gastar el dinero de la carne
y la ropa en uniformes y balas para las turbas
extranjeras y la propaganda de aspirina
y bata blanca mercenaria.
Las miradas
vidriosas se cruzaban en el vapor diario y a veces hasta se mordían,
las barrigas
vacías gruñían su desesperación a la vecina, pero no al Cedeerre omnipresente,
omnisciente.
(Y mientras la
ciudad se desmorona y con ella su gente, la corte sigue
cantando,
comiendo y tomando)
Se amontonan los
años como se amontona la basura y se amontonan los derrumbes,
como se aglomera
la incertidumbre y el miedo y se escapan los sueños,
se amontonan los
años como si el tiempo fuera duplicable, sobornable y sumiso,
como si el
purgatorio se hubiese hecho terrenal y mundano
y el paraíso se
construyera en un verano.
Ahora se alejan
por calles grises, agujereadas y baldadas de terror,
sin ser interpelados
pasan meneando levemente sus nalgas rosadas,
aún con estrellas
cada vez más rojas, más enanas, en sus carros con chapas blancas
pasan sigilosos bajo
semáforos ciegos, que hace mucho se apagaron.
(La ciudad se ha
derrumbado y siguen cantando)
MVA, octubre 2025