Saturday, November 1, 2014

Un breve momento y una larga noche. Manuel Villaverde



A modo de introducción.

"Un breve momento y una larga noche" es un cuento de Manuel Villaverde, fue finalista en el concurso de literatura erótica "Los cuerpos del deseo" y publicado por los auspiciadores de dicho concurso en un libro que recopilaba los mejores cuentos seleccionados por el jurado entre más de 500 autores de todo el mundo de habla hispana. ¡Disfrútenlo!
 


Un breve momento y una larga noche.

 Volvió a su casa después de haber probado el agridulce sabor de la noche de Miami. 

 Fue a un restaurante peruano, la rústica construcción de piedra con travesaños de madera oscura le hacía sentirse en ambiente y el ceviche estaba de moda. En una vida tan segura y tranquila hay que buscar la aventura, el riesgo a como dé lugar y comer pescado crudo con zumo de limón, sal, pimienta y ajo, es un riesgo alto para un país obsesivo compulsivo, por eso el sushi y las películas de acción también son populares. En Perú el ceviche se come de día y con cerveza o pisco sour, pero no en Miami, en Miami se come a cualquier hora y con mojito, también cerveza. Terminó su plato, pagó y dejó una generosa propina, era su manera de hacer caridad, prefería dejarle el dinero a quien le servía y no a quien desconocía aunque se muriese de cáncer, igual se consideraba piadoso. 

 Manejó hacia una abierta y ruidosa cafetería cubana para saborear el cortadito con la leche evaporada de rigor y terminó en un lounge con música "house" y sorbiendo un vodka con jugo de arándanos. Le gustaba Miami, podía viajar de un país a otro sin necesidad de sufrir aduanas pero al final, no lo sabía ni lo hubiese aceptado aunque se lo hubiesen dicho, no había salido de un viejo y aburrido balneario. 

 La soledad se iba convirtiendo en una pesada rutina soportable, sin embargo no dejaba de pincharle el costado como si fuese un buey del que dependía que la carreta de ansiedades que tanto le pesaba llegase a su inexistente destino. No obstante eso, se sentía un tiburón en su Caribe, un león en su sabana, el dinero entraba sin tener que invertir mucho esfuerzo y una legión de ignorantes hacía lo que tenía que hacer para que el mundo fuese cada vez más cómodo y de todas maneras la constante presencia de alguien a su lado podía ser un fardo muy pesado, más pesado que la soledad, así que la compañía temporal seguía siendo su mejor opción.

 La barra estaba llena de aspirantes. Brillaba húmeda y cristalina. Sonreían, libaban, conversaban por debajo del repetitivo sonido de la autística música. Todos eran unos desaforados aspirantes, se medía con ellos y sin base clara pero rotunda y suficiente, siempre salía ganando. Paneaba el local con aquilinos ojos. 

 Una rubia muy nórdica pero de anchas caderas y senos firmes, sin una gota de colágeno, con ropa cara y escasa, se le acercó. Su rostro ario era traicionado por unos gruesos labios rojos, pelo rizo y unas curvas más congolesas que germánicas. Le miró fijo a los ojos, como nadie se atreve a mirar en este pueblo, levantó su transparente copa de cóctel que hacía juego con sus iris azules, hasta justo el nivel de sus párpados inferiores, sonrió mientras la bajaba nuevamente y cambió la vista. Dejó la copa sobre la barra y se dirigió a los baños. Él la siguió. 

 El vestido elástico dejaba ver sus nalgas como si caminase desnuda. Se movían suavemente, como las gigantes olas tranquilas de mar afuera, el pelo chorreaba como agua en cascada, le pareció que era capaz de verlo crecer en ese mismo momento. El vodka estaba bueno, se lo bebió de un trago y dejó el vaso vacío en una mesa cualquiera, con disimulo aspiró un poco de cocaína y continuó acercándose a ella, que al llegar a la entrada del baño para damas se volvió, le miró fijamente y no fingió sorpresa:

- ¿Vienes? -Dejó que la palabra se deslizara por su boca como si la palabra fuese acariciable, besable. Sintió que esos labios que habían presionado con tanta suavidad la palabra para que se convirtiera en manipuladora caricia, le hacían lo mismo en su miembro que ya empezaba a despertar impaciente entre sus piernas.

 No dijo nada, tan solo avanzaba el espacio que le era permitido.

 Se metieron en uno de los cubículos reservados para  los inodoros. Corrieron la plateada y elemental cerradura. Se besaron como si se conocieran de siempre, casi podían sentir los golpes del pulso en la punta de las lenguas mientras se acariciaban sin mucha saliva, quería guardarla para lubricar la prematura penetración que se venía con certeza. Deslizó suavemente la mano por la delicada y redonda cadera subiendo el vestido al mismo tiempo, la clara piel era lampiña pero estaba erizada, temblaba más rápido que las alas de un colibrí. Sus dedos buscaron en la entrepiernas caliente y húmeda, no necesitaría la baba y no había ropa interior. 

 Sintió una suave y experimentada caricia en su pene, en sus testículos, ya tenía los pantalones y el calzoncillo por las rodillas y no se había enterado de cómo habían llegado allí. La rubia bajó rápida, no necesitó pedirle nada. No le defraudaron esos carnosos e incitantes labios que habían sabido despertar el deseo con tan sólo pronunciar una palabra. Le apretaban suavemente el turgente glande mientras la lengua le hacía cosquillas por abajo, la sentía llegar desde la punta hasta la base y regresar, la excitación era mucha, comenzó a lubricar como quinceañera, ella supo que era el momento de parar, subió, le agarró suavemente por los pelos mientras presionaba levemente hacia el mediodía de su femenina anatomía. 

 Sintió el olor de las ganas, el perfume de la verdad y la mentira, del comienzo y el fin, la esencia del universo. Los suaves y meticulosamente cortados vellos del rubio pubis le rozaron la cara, su lengua buscó ansiosa la delicada y mágica protuberancia, sus labios fueron absorbidos en un cálido abrazo por otros labios mayores y menores, hinchados, reales, vivos… succionó la carne… sintió como de la vagina salía un líquido con olor a almidón, pegajoso, áspero, quemante, que le llenaba la boca, le irritaba la garganta, que se le secó en la piel de la cara sin habérsela mojado, tenía el sabor de la pólvora, del enemigo, el sabor de una mordida y un puñetazo y en ese mismo momento eyaculó en un mínimo, imperceptible espasmo de algo que debió ser placer y fue nada, mientras perdía completamente la erección y del estómago le venía una agria y seca arqueada.

 Se separó tosiendo, cayó contra la puerta que no le soportó y se abrió completamente dejándole dar a todo lo largo contra el piso del baño. Miró, desorientado, herido, asqueado, sin querer preguntar, sin querer saber pero sabiendo, a la rubia lasciva y voluptuosa que sonreía provocadora con las piernas abiertas y la mirada enajenada, mientras se frotaba el clítoris y los labios todos con el semen ajeno y fresco que todavía brotaba de sus entrañas y la saliva suya. Ella se retorcía de gozo, recostada contra el tanque del inodoro y la pared, en un ordinario pero placentero orgasmo. Él sintió nauseas y vomitó.  
 Corrió llorando de impotencia y susto, no entendía nada.

 Pensó que lo sabía todo, que lo podía todo por haber conseguido una compañía de un moralmente dudoso éxito que le permitía más días de descanso que a la mayoría, donde podía emplear a inmigrantes recién llegados a los que les convencía de que ganar en efectivo y menos dinero de lo que la ley obligaba como pago mínimo era lo mejor para ellos y así no tenían que ganar más en el momento de declarar los impuestos, todo muy enredado pero muy claro. 

 Pensó que era un dios postmoderno depredando en su Olimpo subtropical pero se había equivocado. Era tan sólo un imbécil más con menos escrúpulos. Seguiría sin saberlo y de todas maneras no lo hubiese aceptado aunque se lo hubiesen dicho.

 Se lavó la boca con agua, con vodka, con ron, con su propio orine, pero seguía quemándole, lloraba.
 Nunca más sería el mismo. Alguien tendría que pagar por su estrepitosa caída, no podría olvidar la sonrisa de placer de la rubia que se venía sin importarle que él yaciera herido en el piso, sucio, de un baño público.

 Volvió a su casa después de haber probado el agridulce sabor de la noche de Miami.

 Junio 2012

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